Inicio Editorial Del ciudadano indignado al “forajido”: la antesala del quiebre social

Del ciudadano indignado al “forajido”: la antesala del quiebre social

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“Si las Fuerzas Armadas están corruptas, la política está corrupta y las instituciones de gobierno también, entonces prefiero ser un forajido”. No es una frase cualquiera. Es una advertencia.

No viene desde la élite ni desde un laboratorio de ideas. Viene desde la calle, desde el ciudadano común que ya no cree. Y cuando la desconfianza alcanza ese nivel, lo que está en riesgo no es un gobierno de turno: es el pacto social completo.

Porque seamos claros: en Chile, la credibilidad institucional viene en caída libre hace años. Casos de corrupción, abusos, privilegios y promesas incumplidas han ido erosionando la fe pública. La política se percibe lejana, las instituciones muchas veces débiles o capturadas, y la justicia —para muchos— parece no llegar con la misma fuerza a todos.

En ese escenario, la figura del “forajido” deja de ser un delincuente y empieza a transformarse, peligrosamente, en una opción moral para algunos. No porque esté bien, sino porque el sistema dejó de ofrecer respuestas creíbles.

Y ahí está el verdadero peligro.

Cuando el ciudadano deja de creer en la ley, deja también de sentirse obligado a respetarla. Cuando siente que el poder actúa sin consecuencias, aparece la tentación de hacer lo mismo. Es el inicio de la anomia: un estado donde las normas pierden valor y cada uno empieza a escribir sus propias reglas.

Pero no nos engañemos: ese camino no conduce a la justicia, conduce al desorden, a la violencia y finalmente al abuso del más fuerte. Es el colapso silencioso de la convivencia.

La rabia ciudadana tiene fundamentos, y negarlo sería irresponsable. Pero romantizar al “forajido” es aún más peligroso. Porque no corrige la corrupción: la multiplica.

El país no necesita más gente al margen de la ley. Necesita instituciones que vuelvan a ser respetadas porque funcionan, porque castigan al corrupto, porque protegen al honesto y porque dejan de operar con doble estándar.

Aquí hay una responsabilidad ineludible de la clase política, del gobierno de turno y de todos quienes han administrado poder: recuperar la confianza o asumir que están empujando al país a un punto de quiebre.

Porque cuando un ciudadano prefiere ser “forajido”, no está eligiendo el delito. Está confesando que dejó de creer en todo lo demás.

Y cuando eso se masifica, ya no estamos frente a un problema de seguridad… estamos frente a una crisis de Estado.

2 COMENTARIOS

  1. Entiendo la crítica, pero cuidado con normalizar la idea del “forajido”.
    Cuando se pierde la confianza, lo que corresponde es reconstruir el sistema, no reemplazarlo por el caos.
    Porque en ese escenario no pierde el más fuerte, pierde el más justo.

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