La tarde caía sobre Lebu cuando el humo volvió a levantarse desde un predio que ya conocía el dolor del fuego. No era un incendio cualquiera. No esta vez. En medio del silencio del bosque y la ceniza aún fresca de días anteriores, alguien había dejado encendidas dos velas, pequeñas, casi invisibles, pero cargadas de una intención devastadora.
El siniestro, registrado este miércoles en terrenos de Forestal Arauco, fue descrito como multifoco y encendió de inmediato las alertas por su origen. No era la primera vez que ese sector ardía: el mismo lugar había sido afectado por un incendio el viernes pasado, lo que profundiza la inquietud sobre una posible reiteración deliberada de estos hechos.
Fue el propio personal del área quien descubrió los elementos encendidos. Las velas, dispuestas estratégicamente sobre el terreno, no estaban allí por azar. Este método, conocido por brigadistas y expertos, busca retardar la ignición del fuego: permite que quien lo provoca se retire del lugar mientras la llama avanza lentamente, hasta que los focos se activan casi al mismo tiempo y terminan por unirse.
Un trabajador registró la escena en video. Las imágenes muestran las velas aún activas, resistiendo el viento y la humedad, esperando cumplir su propósito. Esta vez, la detección oportuna evitó que se desataran nuevos focos de mayor magnitud, aunque no logró impedir por completo el avance del incendio.
El balance final dejó cerca de 17 hectáreas afectadas, sumando un nuevo episodio de emergencia forestal para la comuna. Más allá de las cifras, lo ocurrido vuelve a encender una alarma mayor: la presencia de actos intencionales que ponen en riesgo el territorio, los ecosistemas y a las comunidades que viven bajo la constante amenaza del fuego.
En Lebu, la tierra aún humea. Y entre los restos del incendio, quedan las preguntas abiertas sobre quién enciende estas velas y por qué, en un paisaje que ya no soporta más llamas.












