La fe, la risa y el extraño arte de convertir el morbo en aplauso.
Hay personajes que no caben en una sola etiqueta. Pastor Rocha es uno de ellos. Anoche, en el escenario del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, en Viña del Mar, no subió un simple comediante: subió un predicador con timing, un humorista con Biblia, un personaje que entiende que en Chile la fe también puede tener remate.
Y triunfó.
Triunfó ante un público que llegó con esa mezcla tan nuestra de curiosidad y morbo. Muchos fueron a verlo para confirmar prejuicios, para medir hasta dónde se atrevía, para descubrir si el pastor caería en tentación escénica. Pero lo que ocurrió fue más simple y más complejo a la vez: convirtió esa expectativa casi morbosa en carcajada colectiva.
El “monstruo” —siempre impredecible— esta vez fue generoso. Le entregaron las dos gaviotas, plata y oro. No por compasión ni por polémica, sino porque supo leer el ambiente, tensarlo y soltarlo con oficio. Porque entendió que el humor, cuando se construye desde la identidad y no desde el ataque fácil, conecta.
Hay algo profundamente irónico en todo esto. Un hombre acostumbrado a hablar de salvación espiritual terminó “salvándose” con chistes bien puestos. Un pastor que predica contención logró desatar risas. Y un público que quizás fue buscando escándalo terminó entregando reconocimiento.
¿Ángel o demonio? Tal vez ninguna de las dos cosas. Tal vez simplemente un reflejo de este país: curioso, crítico, algo morboso, pero también dispuesto a aplaudir cuando alguien, con talento y personalidad, se para firme frente al juicio colectivo.
Rocha no dejó de ser pastor por hacer reír, ni dejó de ser comediante por hablar de fe. Supo que en tiempos donde todo se exagera, la mejor estrategia es asumir la contradicción y convertirla en virtud.
Y así, entre sermón y rutina, entre sospecha y ovación, salió del escenario con dos gaviotas en la mano y una certeza: en Chile, incluso la fe puede ganar por aplauso popular.












