La frase no fue casual ni improvisada. Fue un golpe directo, calculado y sin anestesia: “Nos dejaron el país sin piso”. Con esas palabras, el Presidente José Antonio Kast no solo respondió a las críticas por su reforma, sino que trazó una línea clara entre su administración y la del exmandatario Gabriel Boric. No hay continuidad posible —el mensaje es que hubo un quiebre, y que ese quiebre dejó a Chile tambaleando.
Desde el Consejo General de Renovación Nacional, Kast endureció el tono y no dejó espacio para interpretaciones: empleo, crecimiento, salud, educación. Todo, en su diagnóstico, terminó en fracaso. “Un desastre”, repitió, una y otra vez, como quien busca que la palabra se instale no solo en la política, sino en la memoria colectiva.
Pero mientras en la esfera pública se libra esta batalla de declaraciones, hay un dolor más silencioso que no aparece en los titulares.
Es el de algunos padres que ven cómo sus hijos —muchos jóvenes— siguen aferrados a la figura de Boric, no como expresidente, sino como símbolo. Y ahí nace una fractura íntima. Porque esos padres no hablan desde la teoría ni desde consignas: hablan desde la experiencia de haber vivido años que, para ellos, significaron incertidumbre, retrocesos o promesas incumplidas.
En más de un hogar, la conversación se ha vuelto tensa. Padres que intentan explicar lo que consideran errores graves del pasado reciente, y jóvenes que responden con convicción, defendiendo un proyecto que aún sienten propio. No es solo política: es una grieta generacional. Una incomodidad diaria. Un desgaste emocional que no se mide en encuestas.
“¿Cómo pueden seguir creyendo en lo mismo después de lo que vivimos?”, se preguntan algunos. No desde el odio, sino desde la frustración. Porque para ellos, lo ocurrido no es relato: es recuerdo.
Y en ese contexto, las palabras de Kast encuentran eco. Cuando afirma que no hay cifras que respalden la gestión anterior, no está hablando solo a la clase política, sino también a ese Chile que siente que retrocedió. Su crítica no es suave ni busca acuerdos: apunta a fijar responsabilidades.
La controversia por eventuales ajustes, incluyendo la discusión en torno a la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas, encendió aún más el ambiente. Desde la oposición, figuras como la diputada Carolina Tello han acusado posibles riesgos para los más vulnerables, mientras el Gobierno insiste en que no habrá recortes que afecten a los niños y que lo que se busca es corregir un sistema que, según Kast, funcionaba mal desde su base.
Así, el país se mueve entre acusaciones, defensas y una tensión que no cede.
Pero fuera del Congreso y de los discursos, la política se vive de otra forma. Se vive en la mesa, en la conversación incómoda, en el padre que no logra convencer a su hijo, en el hijo que no logra entender a su padre. Se vive en esa sensación de que Chile no solo quedó “sin piso”, como dijo Kast, sino también dividido en su forma de mirar lo que pasó.
Y esa, quizás, es la herida más profunda: no la que se mide en indicadores, sino la que se instala en las familias y se repite, silenciosa, cada día.












