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“Cuando la corrupción tiembla: el estilo Poduje que tiene nerviosa a la vieja política”

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La política chilena vive uno de sus momentos más tensos. Cada vez que se habla de una mega reforma que apunte a transparentar contratos, cortar privilegios y poner orden en los recursos públicos, aparecen los mismos rostros incómodos, las mismas voces nerviosas y los mismos operadores de siempre tratando de frenar cualquier cambio profundo. Porque cuando se acaba el desorden, también se acaba el negocio de muchos.

Hoy, el ministro Iván Poduje se ha transformado en una figura incómoda para sectores políticos que durante años se acostumbraron a vivir entre favores, pitutos y negociaciones de pasillo. No son pocos los que sienten que un hombre dispuesto a revisar contratos, exigir transparencia y cortar redes de privilegio puede transformarse en el peor enemigo de quienes hicieron de la política una plataforma personal y no un servicio al país.

La discusión ya no es solamente técnica. Es moral. Porque quien se opone a que exista mayor control, transparencia y fiscalización, inevitablemente queda bajo la sospecha pública. Chile está cansado de ver cómo algunos hablan de justicia social mientras detrás de escena defienden intereses que nada tienen que ver con la ciudadanía.

En el Congreso, más de alguno sabe que si el estilo Poduje se instala con fuerza, se termina la comodidad. Se termina la “tetita” política, los operadores eternos y las redes que sobreviven gracias al silencio cómplice. Por eso algunos atacan, desacreditan y buscan frenar cualquier iniciativa que huela a orden y fiscalización real.

Muchos ciudadanos ven en Iván Poduje a un ministro que no llegó a cuidar amistades políticas, sino a remover estructuras enquistadas durante años. Y aunque sus decisiones generen resistencia, hay una parte importante del país que valora a las autoridades que enfrentan el poder en vez de acomodarse a él.

Chile necesita ministros que defiendan el interés nacional por sobre los acuerdos entre cuatro paredes. Autoridades que trabajen por el país y no por engordar bolsillos ajenos ni proteger redes de influencia. Porque cuando la política deja de servir a la gente, la indignación ciudadana deja de ser una advertencia y se transforma en una sentencia pública.

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