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Cuando el zumbido revela algo más: el Biobío frente al espejo de su propio desequilibrio

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En los últimos días, el aire del Biobío no solo ha estado cargado de humedad o de cambios de estación. Ha estado cargado de zumbidos. De esos insistentes, incómodos, casi invasivos. Vecinos de distintos sectores han reportado verdaderas “nubes” de zancudos, enjambres que no solo se hacen notar al caer la tarde, sino que incluso logran colarse en el interior de las viviendas, alterando la vida cotidiana.

Pero lo que a simple vista parece una plaga —una más en la larga lista de molestias urbanas— es, en realidad, una señal de algo más profundo. Una advertencia silenciosa de un ecosistema que ha perdido su equilibrio.

El doctor Carlos Zamora, académico de la Facultad de Ciencias de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, lo plantea con claridad: los zancudos no son nuevos. Siempre han estado ahí. La diferencia es que hoy sus depredadores naturales ya no están en la misma proporción. Murciélagos, libélulas, arañas… especies que históricamente han contenido su expansión, hoy son cada vez menos visibles. Y cuando la balanza se rompe, la naturaleza responde.

Desde el territorio, esa mirada encuentra eco. Luisa Valenzuela, defensora activa del humedal Vasco de Gama, apunta a un fenómeno igual de evidente, pero muchas veces ignorado: la intervención de los humedales. Rellenos, canalizaciones, urbanizaciones sin planificación ambiental. Todo ello va dejando tras de sí cuerpos de agua estancada, sin vegetación nativa, sin vida que regule. El escenario perfecto para la reproducción masiva de estos insectos.

Y hay un dato que no pasa desapercibido: en sectores donde aún sobreviven ranas y sapos, el problema prácticamente desaparece. No es casualidad. Es equilibrio. Es cadena natural funcionando como debe.

Lo que ocurre en el Biobío no es un hecho aislado, ni un episodio pasajero. Es el resultado acumulado de decisiones —o indecisiones— sobre el uso del territorio. La pérdida de biodiversidad no es un concepto abstracto; se manifiesta en hechos concretos, cotidianos, molestos. Como no poder abrir una ventana sin que el zumbido invada la casa.

A esto se suma un factor que comienza a intensificar el escenario: el cambio climático. Temperaturas más altas, estaciones menos definidas y condiciones más favorables para la reproducción de especies como el zancudo están configurando un nuevo paisaje ambiental. Uno donde estos episodios podrían dejar de ser excepcionales para transformarse en la norma.

Así, lo que hoy incomoda, mañana podría ser permanente.

La imagen de “nubes” de zancudos no solo describe un fenómeno biológico. Es también una metáfora incómoda de cómo el entorno responde cuando se le empuja más allá de sus límites. El Biobío no está siendo invadido. Está reaccionando.

Y en ese zumbido persistente, hay un mensaje que no conviene seguir ignorando.

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