Por Salvador Maldonado – Opinión Política
En Chile ya no se necesitan gusanos para devorar un cuerpo: basta con los que se alimentan del Estado. Cada cuatro años, aparecen los mismos rostros, los mismos discursos reciclados y las mismas promesas de “cambio”, pero con un solo objetivo real: seguir mamando de la teta fiscal.
Los parásitos modernos no viven bajo tierra, sino en oficinas con aire acondicionado y sueldos de millones. Visten bien, hablan bonito, y cuando los pillan con las manos en la masa, inventan comisiones, fundaciones o programas sociales con nombres tan rimbombantes como inútiles.
Mientras tanto, el ciudadano común —el que se levanta temprano y paga impuestos— debe soportar ver cómo su esfuerzo financia la vida cómoda de estos personajes que no producen, no crean y no aportan, pero opinan de todo.
Y lo peor es que se multiplican. Cada gobierno, sin importar el color, les da refugio en alguna esquina del aparato estatal: asesores de asesores, coordinadores de nada y expertos en justificar lo injustificable.
Algunos candidatos dicen que reducirán el Estado y despedirán a muchos de estos señores. Bueno sería. Pero ya sabemos cómo funciona la política chilena: prometen apretar el cinturón y terminan abriendo más agujeros para que entren los amigos, los primos y los apitutados de siempre.
La gente está cansada. Quiere políticos que trabajen, no que se sirvan. Quiere servidores públicos, no eternos becados del erario. Porque mientras unos siguen parasitando el sistema, el país se marchita lentamente entre la rabia y la resignación.
En el fondo, la gran pregunta que flota en el aire es simple: ¿quién parasita a quién?
Tal vez el profesional honesto, el obrero o el campesino tengan más dignidad que todos esos “iluminados” que viven del cuento del Estado.
💬 Y como dice el pueblo sabio: al que le quepa el poncho, que se lo ponga.












