Mientras millones de chilenos luchan a diario por salir adelante, se alzan voces que advierten de un proyecto político mucho más profundo —y peligroso— que simples bonos y subsidios. Detrás del discurso de justicia social, algunos ven una hoja de ruta probada y repetida en otras latitudes: empobrecer al pueblo, eliminar su capacidad de defensa, someter a las instituciones y consolidar el poder absoluto. Cuba y Venezuela no fueron accidentes: fueron el modelo.
Primero, el empobrecimiento. Desde sectores como el Partido Comunista y sus aliados, se empuja un modelo de Estado omnipresente, donde el aparato público crece y la economía privada se reduce. Aumentan los bonos, se multiplican los subsidios, y lentamente los ciudadanos ya no sobreviven por su trabajo, sino por lo que el gobierno decide entregarles. Es ahí donde comienza la dependencia… y termina la libertad.
Segundo, el desarme social. Mientras la delincuencia crece, los gobiernos de corte ideológico autoritario avanzan en leyes que dificultan o eliminan el derecho del ciudadano común a tener medios de defensa personal. Lo que se promueve como “control de armas” termina siendo el desarme de los honestos, dejándolos a merced de criminales —o del propio Estado, si así lo desea. El resultado es el mismo: una población indefensa y dominada por el miedo.
Tercero, el copamiento de las Fuerzas Armadas. En este tipo de regímenes, el siguiente paso es capturar la lealtad de los mandos militares y policiales mediante beneficios, purgas ideológicas y una constante propaganda. Se debilita su función republicana y se les transforma en guardianes del poder político, no del país. El uniforme ya no protege al pueblo, sino al partido.
¿Suena exagerado? Pregunten en Caracas. Pregunten en La Habana.
Chile aún está a tiempo de evitar esta ruta. Pero la velocidad con que se ha perdido el respeto por las instituciones, la familia, la propiedad privada y el mérito personal, nos obliga a mirar con seriedad. No es casual que hoy se hable de expropiaciones, control de precios, y al mismo tiempo se empuje una agenda de “pacificación social” que implica neutralizar a las Fuerzas Armadas y prohibir la legítima defensa.
Una sociedad con hambre, sin armas y con miedo, no es libre. Es esclava.
Los ciudadanos no deben ser súbditos del Estado, ni sus hijos carne de cañón de una ideología fracasada. Chile merece seguridad, libertad, oportunidades… no limosnas disfrazadas de justicia.












