Eran cerca de las 11:30 de la mañana del jueves 15 de enero. El sol de verano ya golpeaba con fuerza el cemento del camino La Pólvora, donde la fila de familiares para la visita en el Complejo Penitenciario de Valparaíso se movía con una lentitud exasperante. Entre la multitud, un hombre de unos 30 años, de apariencia nerviosa y paso apresurado, sostenía con fuerza una bolsa de papel madera. Dentro, el aroma a pan recién horneado parecía ser su salvoconducto.
La rutina del control
El sujeto llegó al primer anillo de seguridad. Entregó su cédula de identidad y declaró que traía "algunos víveres" para un interno del Módulo 11. Frente a él, los funcionarios de Gendarmería iniciaron el protocolo de revisión de encomiendas, un ritual de desconfianza entrenada donde nada es lo que parece.
El gendarme a cargo tomó la bolsa. En su interior, cuatro marraquetas grandes y crujientes lucían inofensivas. Sin embargo, al sopesarlas, algo no cuadraba. La densidad no correspondía a la miga esponjosa del pan tradicional; se sentían inusualmente pesadas y rígidas en su centro.
El hallazgo
Al realizar el corte transversal con un cuchillo de inspección, la fachada se desmoronó. No había miga. El interior de los panes había sido cuidadosamente removido para dar lugar a cilindros de plástico transparente sellados al vacío.
Dentro de las "marraquetas" se ocultaba un peligroso botín destinado al mercado negro del penal:
- Pasta base de cocaína (dosificada en pequeños envoltorios).
- Cannabis sativa de alta pureza.
- Un puñado de pastillas de benzodiazepinas, utilizadas habitualmente para potenciar los efectos del alcohol artesanal intramuros.
El desenlace
El sospechoso, al ver que el primer pan era abierto, intentó retroceder hacia la salida, pero fue retenido de inmediato por el personal de guardia. El hombre pasó de ser un "visitante preocupado" a un detenido por infracción a la Ley 20.000 de drogas.
El fiscal de turno ordenó la presencia de la unidad especializada de la PDI para realizar las pruebas de campo, las cuales confirmaron la pureza de las sustancias. Según fuentes penitenciarias, el valor de este cargamento se triplica una vez que logra cruzar los muros, convirtiéndose en moneda de cambio para deudas, protección y violencia dentro de las galerías.
Hoy, aquel hombre que pretendía alimentar el vicio tras las rejas, espera su formalización, mientras que el interno que esperaba su "merienda" ha sido sancionado y derivado a una celda de aislamiento. En la cárcel de Valparaíso, una vez más, el ingenio delictual se estrelló contra el ojo experto de la guardia.
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