Por Salvador Maldonado.-
En medio de un clima hemisférico cargado de sospechas, advertencias y movimientos discretos, Panamá decidió abandonar la pasividad y colocarse en el centro del conflicto político entre Estados Unidos y Venezuela. Una apuesta arriesgada —y estratégica— que habla de la ambición diplomática del gobierno de José Raúl Mulino y del momento crítico que atraviesa la crisis venezolana.
El vicecanciller panameño, Carlos Hoyos, confirmó en una entrevista con la agencia EFE que su país está dispuesto no solo a mediar entre Washington y Caracas, sino también a recibir temporalmente a figuras clave del régimen de Nicolás Maduro, si ello contribuye a destrabar el conflicto y acercar una salida negociada.
Una oferta que, en la región, no pasó desapercibida.
“Si para resolver la situación en Venezuela hay que acoger a ciertas personas del régimen, Panamá está disponible”, declaró Hoyos desde el Foro de Doha, dejando al descubierto una jugada diplomática de alta sensibilidad política.
Un puente inesperado en medio de una tormenta anunciada
La movida panameña llega justo cuando en Washington se discuten posibles acciones directas contra el círculo de poder venezolano, en un contexto donde las tensiones se han reactivado tras las cuestionadas elecciones presidenciales de 2024. Aquella elección —que proclamó nuevamente a Nicolás Maduro como ganador— provocó una ola de denuncias de fraude por parte de la oposición y un rechazo explícito desde sectores de la comunidad internacional.
Panamá, que el año pasado congeló sus vínculos consulares con Caracas precisamente por poner en duda los resultados electorales, reanudó esos contactos en septiembre, aunque únicamente para manejar asuntos migratorios. El trasfondo político, sin embargo, seguía intacto.
Hoy, con este nuevo gesto, Mulino abre una puerta que puede transformarse en una vía diplomática o en un campo minado, dependiendo de cómo reaccione el régimen venezolano y la Casa Blanca.
La pregunta de fondo: ¿mediación genuina o movimiento estratégico?
Para los analistas, la oferta panameña puede interpretarse de dos formas:
- Como una señal de liderazgo regional, donde Panamá se proyecta como interlocutor confiable en un conflicto que nadie ha logrado descomprimir.
- O como una estrategia calculada, que busca posicionar al país en un rol clave justo cuando la crisis migratoria y el tránsito por Darién han puesto presión internacional sobre Panamá.
En cualquiera de las dos lecturas, el mensaje es claro: Panamá busca ocupar un espacio que otros gobiernos han evitado asumir por el riesgo político que implica tocar la red nerviosa del chavismo.
El costo político y la apuesta a futuro
Abrir las puertas —aunque sea de manera temporal— a figuras del régimen de Maduro no solo tensiona el tablero regional. También obliga a Panamá a medir cuidadosamente su margen de maniobra: ¿se convertirá en facilitador de una salida negociada o quedará atrapado entre dos potencias con agendas irreconciliables?
Por ahora, la jugada está en marcha.
Y en el convulsionado ajedrez latinoamericano, cada movimiento cuenta.
Comentarios
ParticipaTodavia no hay comentarios publicados en esta nota.