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Frei, el Último Gigante: La Voz Que le Queda a una Democracia Cristiana Que Dejó de Serlo

En tiempos donde los partidos políticos parecen sombras de lo que alguna vez fueron, surge un contraste inevitable: la figura de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ex Presidente de la República, uno de los últimos símbolos...

Frei, el Último Gigante: La Voz Que le Queda a una Democracia Cristiana Que Dejó de Serlo

En tiempos donde los partidos políticos parecen sombras de lo que alguna vez fueron, surge un contraste inevitable: la figura de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ex Presidente de la República, uno de los últimos símbolos vivos de la Democracia Cristiana que creía en el centro político, en el acuerdo, en la seriedad y en la responsabilidad con Chile.

Hoy, paradójicamente, es ese mismo partido el que lo expulsa simbólicamente de su propia casa, esa que Frei ayudó a levantar con décadas de servicio público, modernización del Estado y estabilidad democrática.

El valiente del momento

Puede sonar irónico, pero Frei se ha convertido en “el valiente del momento”, no porque haya alzado la voz para figurar —nunca lo necesitó— sino porque simplemente decidió no comulgar con la deriva ideológica y el pequeño feudo burocrático en que se ha convertido la DC.

Y ahí está el punto: los que hoy mandan no son los Frei, los Tomic, las Carmen Frei, los Leighton o los Aylwin. No. Hoy son cuadros menores, muchos de ellos instalados en cargos de gobierno, que cuidan la pega antes que el rumbo del partido.

Esos mismos que celebran expulsiones simbólicas, que cierran puertas, que tratan a un expresidente como un militante incómodo. Esos que parecen olvidar que la Democracia Cristiana fue grande cuando se guiaba por convicciones y no por conveniencias.

Cuando la DC era la DC

Porque hubo un tiempo —y Frei es memoria viva de ello— en que la DC gobernó Chile con grandeza.
Un tiempo donde el humanismo cristiano era algo más que una etiqueta electoral; donde se hablaba de justicia social con responsabilidad, de progreso con estabilidad, de democracia con contenido.

Frei encabezó un país en crecimiento, apostó por la apertura comercial, fortaleció las instituciones, condujo la transición con firmeza y fue un referente continental en momentos donde la región se deshacía entre populismos, crisis y polarizaciones.

Chile le debe mucho más de lo que su propio partido está dispuesto a reconocer hoy.

Una casa que dejó de ser hogar

Lo que está ocurriendo con Frei no es solo un desaire político. Es el reflejo de una crisis profunda: la DC se convirtió en un aparato pequeño, controlado por quienes no tienen la historia, ni la trayectoria, ni la estatura moral de quienes alguna vez fueron sus líderes.

Mientras ellos protegen cargos, Frei protege su legado.
Mientras ellos reparten culpas, Frei carga con décadas de servicio.
Mientras ellos se pelean por cuotas, Frei recuerda que el partido había nacido para unir, no para dividir.

El gigante que sigue en pie

Hoy, lejos del ruido, Frei camina solo… pero camina con la frente en alto.
No necesita el carnet de un partido para ser parte de la historia de Chile.
Fue presidente, fue estadista, fue puente en la transición y pilar en la estabilidad del país.

Y aunque muchos quisieran minimizarlo, su figura seguirá siendo más grande que cualquier comité político pasajero.

Porque los gigantes no se miden por la cantidad de aplausos, sino por la huella que dejan.
Y Frei, le guste a quien le guste, sigue siendo uno de los últimos gigantes que le quedan a la política chilena.

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