Hanshi Miguel Angel Soffia nos dice: Es impresentable defender una ley como la 18.356.
Una ley que se construyó desde la desconfianza, el control, la sospecha y el cobro de permisos, pero que nunca se pensó desde el apoyo, la capacitación ni el fortalecimiento de quienes forman personas.Durante...
Una ley que se construyó desde la desconfianza, el control, la sospecha y el cobro de permisos, pero que nunca se pensó desde el apoyo, la capacitación ni el fortalecimiento de quienes forman personas.
Durante décadas, el Estado recaudó dinero por permisos, registros y autorizaciones, pero no fue capaz de generar políticas reales de calidad, formación ni desarrollo para los maestros, instructores y escuelas que día a día entregan contención, disciplina, valores y oportunidades a miles de niños, jóvenes y adultos.
Las artes marciales no son un problema que controlar:
son una solución social, un espacio de paz, de superación personal, de salud mental, de disciplina y de sentido de vida.
Más grave aún, que los recursos recaudados por esta ley ni siquiera ingresaran a la Tesorería General de la República, sino que se destinaran al propio sistema que controla, genera una lógica perversa: se financia el control, pero no el desarrollo de las personas.
Una ley justa no solo fiscaliza:
acompaña, forma, eleva y fortalece a quienes aportan al bien común.
La 18.356 no lo hizo.
Por eso su derogación no solo es legalmente necesaria:
es moralmente correcta.
La Ley 18.356 no fue una ley de apoyo:
fue una ley de control, sospecha y cobros.
Nunca fortaleció a quienes forman personas a través de las artes marciales.
Controló, recaudó y restringió, pero no capacitó ni desarrolló.
Derogarla no es un capricho:
es un acto de justicia con miles de niños, familias y maestros en Chile.
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