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Línea roja: confianza quebrada en el SernamEG y el costo de no tomar decisiones

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En política, hay momentos en que no se puede seguir mezclando planos. Este es uno de ellos.

El caso que rodea a la directora del SernamEG Priscilla Carrasco, expone una tensión incómoda, pero necesaria de resolver: la dimensión humana frente a la responsabilidad pública. Porque sí, una enfermedad como el cáncer exige respeto, empatía y apoyo irrestricto del Estado. Pero la conducción de un servicio público no puede quedar suspendida en una zona gris cuando la confianza se erosiona.

Aquí no se trata de insensibilidad. Se trata de estándares.

Cuando aparecen cuestionamientos por eventuales irregularidades en la gestión financiera, el problema deja de ser personal y pasa a ser institucional. Y en ese terreno, la vara no puede bajarse. La fe pública es frágil: se pierde rápido y cuesta años reconstruirla.

El gobierno, en este escenario, ha intentado sostener un equilibrio complejo. Por un lado, garantizar respaldo en el ámbito de la salud —como corresponde a cualquier funcionario— y, por otro, evaluar la continuidad en un cargo que exige probidad sin matices. Pero hay un punto en que esa dualidad se vuelve insostenible.

Si no hay confianza política ni administrativa, la permanencia se vuelve un error.

Más aún cuando la propia señal es confusa: no hay licencia médica vigente que justifique una ausencia formal, pero tampoco hay una presencia clara que dé conducción al servicio. Es un vacío que golpea la credibilidad interna y externa. Funcionarios desorientados, ciudadanía expectante y una institución clave operando bajo sospecha.

En estos casos, la salida no es castigo, es responsabilidad.

Pedir la renuncia no es desconocer la situación personal. Es reconocer que el cargo ya no se puede sostener. Separar las aguas, como corresponde: una cosa es el deber del Estado de acompañar un tratamiento médico; otra muy distinta es resguardar la correcta administración de recursos públicos.

El problema no es solo lo que ocurrió —si es que se comprueban las anomalías—, sino lo que se proyecta cuando no se actúa a tiempo. La señal de tolerancia frente a la duda es, en sí misma, una forma de deterioro institucional.

Gobernar también es decidir cuándo alguien debe dar un paso al costado.

Y este parece ser, sin rodeos, uno de esos momentos.

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