La ciudadanía es el pie. El gobierno es el zapato. Y la piedra es aquello que incomoda, que interfiere y que no deja avanzar con tranquilidad.
Hoy, esa piedra tiene nombre: Michelle Bachelet.
No se trata de desconocer su trayectoria ni su experiencia internacional. Pero en el contexto actual —con un gobierno de derecha, con una ciudadanía que exige orden, coherencia y claridad en el rumbo— su eventual proyección hacia un rol como la ONU no se percibe como un factor de unidad, sino como un elemento de tensión política.
Cuando el zapato intenta avanzar en una dirección y la piedra empuja en otra, el resultado es incomodidad. Y esa incomodidad no es solo del gobierno: la termina sintiendo el pie, es decir, la gente.
Aquí no hay espacio para ambigüedades. Las decisiones políticas deben contribuir a facilitar el camino, no a entorpecerlo. Y cuando una figura genera más ruido que consenso en un momento delicado, es legítimo decirlo con claridad.
¿Qué se hace cuando hay una piedra en el zapato?
Se saca.
No por descalificar a la persona, sino porque el país necesita avanzar sin molestias innecesarias, sin tensiones evitables y sin señales contradictorias.
Chile no está para caminar incómodo. Está para avanzar con firmeza, con un rumbo claro y sin piedras que lo hagan tropezar.












