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“El día después del poder: entre coronas, libertarios y la voz del pueblo”

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El cambio de mando presidencial en Chile volvió a recordarnos que la democracia tiene ritos que, aunque solemnes, también son profundamente humanos. En el patio de honor de Palacio de La Moneda, donde tantas veces la historia ha cambiado de rumbo, el país presenció una nueva transición de poder: la llegada de José Antonio Kast a la primera magistratura y la salida de Gabriel Boric como un ciudadano más, aunque con las prerrogativas que la ley reserva a quienes han ocupado la banda presidencial.

Pero más allá de las formalidades, la jornada dejó algo más profundo: la presencia simbólica de invitados internacionales que reflejan el nuevo mapa político del mundo. Entre ellos destacó la figura del presidente argentino Javier Milei, quien llegó con su estilo frontal y libertario, despertando tanto simpatías como críticas entre los asistentes y observadores políticos. Para algunos, su presencia fue una señal de cercanía ideológica con el nuevo gobierno; para otros, una advertencia de los vientos políticos que soplan en la región.

A la vez, la visita de Felipe VI aportó un contraste casi histórico. El monarca español, representante de una institución centenaria, conversando con líderes de una república joven como Chile, recordó que la política también se construye con gestos diplomáticos, símbolos y relaciones que atraviesan generaciones. La fotografía de ambos —corona y república— quedará seguramente como una de las imágenes más comentadas del día.

Sin embargo, mientras las cámaras enfocaban a presidentes y reyes, la verdadera conversación ocurría en la calle. En las ferias, en los taxis, en las plazas y en las redes sociales, la gente comentaba el cambio con una mezcla de esperanza, escepticismo y prudencia. Algunos celebraban el inicio de un nuevo ciclo político, convencidos de que el país necesita orden, crecimiento y seguridad. Otros miraban con cautela, recordando que el poder siempre promete más de lo que luego puede cumplir.

Ese es, finalmente, el corazón de la democracia: la alternancia. Ningún gobierno es eterno, ningún líder es indispensable y ninguna promesa queda fuera del juicio de la ciudadanía.

El cambio de mando no es solo un acto ceremonial transmitido por televisión. Es el recordatorio de que el poder pertenece al pueblo y que quienes lo ejercen lo hacen solo por un tiempo. Ayer se fueron unos, hoy llegan otros. Mañana, será nuevamente la ciudadanía quien tenga la última palabra.

Porque en Chile, al final del día, ni los reyes ni los presidentes escriben solos la historia. La escribe la gente.

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