“Se nos mueve Chile”, escribió alguien en redes sociales mientras la cámara de su celular temblaba junto a los ventanales de un edificio en Región de Coquimbo. Eran las 10:35 de la mañana de este jueves 12 de febrero cuando la tierra volvió a recordar que en esta franja larga y angosta del mundo nada es completamente inmóvil.
El epicentro se ubicó en la región de Coquimbo, pero el estremecimiento no respetó fronteras administrativas. Desde Región de Atacama hasta Región de Ñuble, miles de personas sintieron cómo el suelo vibraba bajo sus pies. En cuestión de segundos, oficinas, colegios y hogares se llenaron del mismo gesto instintivo: mirar al techo, buscar una salida, esperar.
Según el Centro Sismológico Nacional, el movimiento alcanzó una magnitud 6.1. En ciudades como La Serena, Coquimbo, Ovalle y Vicuña, la intensidad llegó a grado VI, suficiente para remecer estructuras, hacer crujir muebles y sembrar preocupación en los rostros. Más al sur, en la Región Metropolitana de Santiago, y en las regiones de O’Higgins y Maule, el sismo se percibió con menor fuerza, pero con la misma claridad de que algo profundo se había movido.
Los videos comenzaron a circular casi de inmediato. Lámparas balanceándose como péndulos nerviosos, estanterías vibrando, personas saliendo a las calles con el teléfono en la mano y el corazón acelerado. En algunas rutas de la región, se reportaron rodados y caídas de piedras, recordando la fragilidad de los caminos que atraviesan cerros y quebradas.
Chile está acostumbrado a temblar, pero nunca se acostumbra del todo. Cada sismo reabre una memoria colectiva que vive en la piel. La experiencia enseña a reaccionar con rapidez, pero no elimina el sobresalto. En el norte chico, la mañana siguió su curso entre revisiones preventivas, llamados telefónicos y mensajes tranquilizadores: “Estamos bien”.
La tierra no se quedó en silencio después del primer golpe. Al menos cinco réplicas se percibieron durante la jornada. La más intensa ocurrió a las 15:19 horas, con magnitud 4.1, una vibración breve pero suficiente para volver a tensar los músculos y detener conversaciones.
Más allá de los números —6.1 de magnitud, intensidad VI en varias comunas— queda la sensación compartida de vulnerabilidad y resiliencia. Porque en Chile, cada movimiento telúrico no solo sacude edificios: también activa una red invisible de solidaridad, prevención y memoria.
El norte volvió a estremecerse, y el país, una vez más, respiró hondo… esperando que la tierra, por ahora, decida descansar.












