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Penco entre las cenizas y el miedo: cuando la reconstrucción duele antes de empezar

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El fuego ya se fue. No quedan llamas, ni humo espeso cubriendo los cerros. Pero en Penco, el incendio no ha terminado. Sigue ardiendo en la incertidumbre, en las miradas cansadas, en el miedo silencioso de convertirse en un nuevo Valparaíso: un lugar donde la tragedia se vuelve permanente porque la reconstrucción nunca llega.

Entre escombros ennegrecidos y terrenos donde antes hubo hogares, las primeras viviendas de emergencia aparecen como un alivio momentáneo. Son refugio, sí, pero también recordatorio brutal de todo lo perdido. Bajo sus techos livianos no solo duerme una familia: duerme la duda, la espera, la pregunta que nadie sabe responder con certeza.

Los incendios forestales que devastaron Ñuble y Biobío no solo arrasaron casas; quebraron la sensación de futuro. Miles de familias miran ahora un horizonte frágil, marcado por la experiencia reciente de Valparaíso, donde el tiempo pasó, los gobiernos cambiaron y la reconstrucción quedó atrapada en promesas.

En Penco, el temor se ha instalado como una segunda catástrofe. No se escucha en los discursos oficiales, pero se siente en cada conversación de pasaje. Hay familias que no se mueven del lugar, no porque quieran quedarse entre cenizas, sino porque temen desaparecer del registro, del catastro, de la memoria del Estado. Saben —o creen saber— que irse puede significar quedar fuera.

“El miedo es que se demoren, que esto se alargue años”, dice una vecina de la población Vipla. Su voz no tiembla, pero sus palabras pesan. No habla solo por ella, habla por muchos. Por quienes sienten que el fuego fue rápido, pero la ayuda puede ser eterna.

Un vecino lo dice sin rodeos: “Estamos a la deriva”. Y esa frase resume el sentimiento de una comunidad completa. La incertidumbre no es solo material; es política, social, humana. Un gobierno que termina, otro que vendrá, y en medio de ese tránsito quedan las personas, esperando no ser olvidadas en el cambio de mando.

Penco no pide privilegios. Pide certezas. Pide plazos reales, compromisos que no se los lleve el viento ni los consuma el próximo verano. Pide que la reconstrucción no sea una promesa escrita en cenizas.

Porque cuando el fuego destruye una casa, la tragedia es inmediata. Pero cuando la reconstrucción se retrasa, el daño es más profundo: se pierde la esperanza. Y un país que permite eso, vuelve a quemarse, aunque ya no haya llamas.

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