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La anosognosia del poder: cuando la política pierde la capacidad de reconocer sus errores

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Por, Salvador Maldonado.-

Hay una patología silenciosa que recorre los pasillos del poder y no figura en ningún programa de gobierno. No aparece en los discursos, ni en las conferencias de prensa, ni en las campañas electorales. Sin embargo, sus síntomas son evidentes para la ciudadanía: la incapacidad de reconocer el error. En términos médicos se llama anosognosia; en política, se ha vuelto una práctica habitual.

La anosognosia es un trastorno neurológico que impide al paciente reconocer su propia enfermedad. Trasladada al ámbito público, describe con inquietante precisión a aquellos políticos que, incluso frente a evidencias contundentes, insisten en que no se equivocaron. No rectifican, no piden disculpas, no corrigen el rumbo. El error, para ellos, siempre es ajeno: de la oposición, de la prensa, del contexto, del “malentendido”.

En esta lógica, el poder se transforma en una burbuja hermética. Los datos incomodan, la autocrítica se considera debilidad y el reconocimiento de fallas es visto como una derrota política. Así, la negación se convierte en estrategia y el relato reemplaza a la realidad. No importa lo que ocurra en la calle, en los hospitales, en las escuelas o en los bolsillos de las familias: el discurso oficial insiste en que todo va según lo planificado.

Esta forma de negación tiene consecuencias profundas. Cuando un líder no reconoce sus errores, tampoco aprende de ellos. Las políticas fallidas se repiten, las decisiones equivocadas se profundizan y la distancia entre la ciudadanía y sus representantes se vuelve abismal. El resultado es un desgaste silencioso de la democracia, donde la gente deja de creer no solo en un gobierno, sino en la política misma.

Paradójicamente, reconocer un error es uno de los actos más humanos y, a la vez, más escasos en la esfera pública. Pedir perdón, corregir, escuchar, ajustar el rumbo: acciones simples que hoy parecen imposibles en un sistema obsesionado con la imagen y el cálculo electoral. En lugar de humildad, se ofrece soberbia; en vez de responsabilidad, se entrega justificación.

La anosognosia política no distingue ideologías. Atraviesa gobiernos de izquierda y de derecha, autoridades locales y nacionales, ministros y parlamentarios. Es una enfermedad transversal, alimentada por el poder sin contrapesos, los entornos complacientes y el miedo a perder privilegios.

Mientras tanto, la ciudadanía observa. Y recuerda. Porque aunque el poder olvide sus errores, la gente los vive a diario. Y tarde o temprano, esa memoria se expresa: en la abstención, en el voto castigo, en la desafección total.

Tal vez el verdadero síntoma de madurez política no sea prometerlo todo, sino atreverse a decir: nos equivocamos. Hasta que eso no ocurra, la anosognosia seguirá siendo una de las enfermedades más graves de la política contemporánea, una que no se cura con discursos, sino con verdad, humildad y responsabilidad.

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