En el camino a Yumbel, más allá de la Cuesta de la Herradura, se encuentra un rincón lleno de amor y esperanza. Allí, donde hace casi un año vivían seis perritos en condiciones precarias, ahora se alza una pequeña comunidad con tres casitas acogedoras, colchones de dos plazas y hasta luz solar. Este refugio canino es el testimonio de lo que puede lograrse con solidaridad y cariño.
Sin embargo, aunque estos perritos ahora tienen un lugar más digno donde vivir, su bienestar sigue dependiendo de quienes recorren ese camino. Quiero hacer un llamado a todos aquellos que pasan por ahí: no los olviden. Estos amiguitos, con sus miradas tiernas y corazones llenos de gratitud, esperan con paciencia la mano generosa que les deje un poco de comidita y agua. Cada vez que alguien se detiene a ayudar, ellos, con un meneo de cola y una mirada que habla por sí sola, les dicen “gracias”.
En cada una de sus casitas, hay un pequeño letrero con un número de teléfono para quienes deseen colaborar de manera más permanente. ¡Les dejo el dato para que los visiten y, si pueden, les ofrezcan su ayuda! Ellos no tienen voz para pedir, pero su agradecimiento es infinito para quienes les tienden una mano en su camino hacia una vida mejor.
Visitar la toma perruna no solo les llenará el corazón, sino que les recordará que el amor y la solidaridad hacia los más indefensos son gestos que cambian vidas.















Gracias por dar a conocer