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Retorno entre el miedo y la incertidumbre: Colegio de San Pedro de la Paz reabre tras tiroteo con escasa asistencia

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El Colegio Nuevos Horizontes de San Pedro de la Paz abrió nuevamente sus puertas este lunes, a casi dos semanas del tiroteo que dejó a tres estudiantes heridos. Sin embargo, el regreso a clases estuvo marcado por un profundo silencio: solo cuatro alumnos del curso directamente afectado por el ataque volvieron a ocupar sus pupitres.

La comunidad escolar aún intenta recuperarse del violento episodio ocurrido el pasado 29 de mayo, cuando un grupo armado atacó premeditadamente a un grupo de alumnos a plena luz del día. Desde entonces, el temor ha calado hondo entre estudiantes, familias y docentes.

Como parte de las medidas de contención, el colegio ajustó su jornada habitual —que antes se extendía entre las 08:00 y las 15:45— reduciéndola a solo tres horas diarias, de 09:00 a 12:00, al menos hasta el inicio de las vacaciones de invierno. No obstante, la estrategia no logró convencer a todos. “Mi hija estaba a punto de titularse, le quedaban solo cuatro meses, pero decidimos retirarla. No puedo arriesgar su vida. Primero está su seguridad”, afirmó Karen, madre de una alumna.

La presencia policial en el acceso principal del establecimiento intenta brindar una sensación de resguardo. Una patrulla de la Sexta Comisaría de San Pedro de la Paz se mantiene en el lugar desde el reinicio de clases, pero la inquietud no cede.

“Mi hija no fue al colegio el día del tiroteo, gracias a Dios. Pero el miedo quedó instalado. Nadie puede garantizar que no vuelva a pasar”, agregó la misma apoderada. Según relató, varios padres ya han iniciado el proceso de retiro de sus hijos o están evaluando cambiarse a otro colegio.

Pese a los esfuerzos de la dirección por calmar los ánimos, asegurando que se trató de un hecho aislado y que se reforzaron los protocolos de seguridad, el daño emocional parece ser más profundo. En las salas, el eco del miedo resuena más fuerte que las voces de los pocos estudiantes que decidieron volver.

El caso ha puesto en evidencia no solo la vulnerabilidad de los entornos escolares ante la violencia, sino también la urgente necesidad de apoyo psicológico y comunitario para enfrentar sus secuelas.

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